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Pandemia
(13/MAR/20)
Por Alfonso Cañizares Cimadevilla

«Arrozales de Valencia»
Raúl Tamarit Martínez (1960-) España
https://www.facebook.com/raul.tamaritmartinez
http://www.raultamarit.es

La puerta de la cancela había vuelto a  temblar ligeramente, cuando la tanqueta de la policía pasó, otra vez, una vez más, en su habitual ronda. A juzgar por la mortecina luz de la tarde, debían ser cerca las siete. La absoluta ausencia de tráfico rodado, les permitía cumplir puntualmente con un imaginario horario.

Klaus no estaba en casa; dijo que se marchaba a la parcela a desbrozar las malas hierbas; pero a Tim no le hubiera extrañado no volver a verle. Quizá hubiera emprendido un solitario camino, campo a través, hacia las tierras del norte donde, meses antes, había emigrado el grueso de la población. Allí, la mortandad había disminuido de tal manera como para pensar en trasladarse con las únicas pertenencias abarcables con ambos brazos.

Al otro lado de la calle, los nietos del vecino jugaban escandalosamente entre sí. Era el único ruido sonoramente familiar. De hecho, era el único aparte de la tanqueta policial. La población había sido, conminada primero y luego confinada en sus domicilios, bajo la advertencia de disparo sin mediar palabra. Aquel virus lo infectaba todo... hasta la vida corriente.

El sol se desplazaba lento hacia las montañas como mero espectador de una situación que nadie creyó posible; pero se trataba de una realidad. El duro escenario de un país terriblemente diezmado por un organismo tan diminuto que ya era difícil observarlo bajo microscopios convencionales; aunque su poder acaparaba, no sólo gran parte del país, sino las tierras continentales más lejanas y septentrionales.

Tim era un «alma libre»; de esas que no le teme a la muerte ni cuando le susurra con su fétido aliento. Tim siempre había sido diferente... Quizá, por ello terminó siendo escritor. Le gustaba la aventura; pero, siempre y cuando, se ajustara a su propio guión. Aquel libreto no era suyo. Lo adoptó porque, con el presente, no se puede hacer otra cosa más que acatarlo. Lo driblaba como el mejor fichaje de un consumado delantero de futbol, adentrándose en el área del mañana. Sabía que siempre lo habría. Peor, igual o mejor; pero siempre lo habría. Por eso no emigró hacia el norte: el destino de cada uno le alcanza allá donde se halle. Podrá eludirse; pero nunca escapar de él. En algún sitio está escrito —dicen— y quién mejor que un escritor para intentar variar, cuando menos, el propio.

El sentir de Klaus era bien diferente, por ello no sabía si volvería a verle. Si la muerte espera al final de un camino llamado «vida», Tim prefería sentarse a un lado a esperar que la «holgazana» fuera a buscarle. Le gustaba escribir el guión, cualquier guión, aunque fuera el de la mismísima muerte. Si ella quería algo de él, que fuera ella quien acudiera. Le encontraría con un teclado bajo las manos y una miríada de almas lectoras, satisfechas tras la pantalla del ordenador. Creía en el futuro... en un futuro mejor. Creía y obligaba ladinamente a creer en ello porque siempre escampa tras la tormenta, apareciendo un cálido y reluciente sol sosteniendo lo que será el mañana.

Hoy, ahora... hace un rato, los nietos del vecino han sido nuevamente recluidos al interior, por lo cual el silencio se vuelve todavía más profundo y pesado, a medida que la claridad disminuye. Siempre todo se contrae hasta desaparecer si no lo acrecentamos con la voluntad propia del amor. «AMOR» para ser más exactos; de ese incondicional y universal, como si de un carburante que valiera para todos los motores, se tratara.

Se oye un coche a lo lejos. Un motor sumamente revolucionado. Un tableteo de ametralladora y un sordo impacto. Un acabose y un seguimos los demás.

—«Un posible lector menos —piensa chasqueando la lengua—. Si, al menos, hubiera encendido antes el ordenador... Unas pocas palabras, justas, precisas y tranquilizadoras, pueden cambiar el rumbo de... ¿Quién estaría ahora al otro lado tras la pantalla...?»

No lo dudó más: se aplicó con devoción al teclado. Quizá fuera capaz de «torcer» una aviesa intención ajena. Quizá, alguien, en alguna parte, pensara igual que él. Alguien cambiando de opinión. Oteando el horizonte donde clarea el futuro. Siempre hay un futuro en alguna parte. Uno de esos atractivos y no buscados. Cálido y confortable como la propia pareja al despertarse sobre la cama. Tim pensó en ella. Realmente, siempre la llevaba consigo; pero quedó aislada a unos pocos kilómetros en su propia casa. Distancia insalvable cuando los metros se alargan tanto como para confundir la medida real. Ella sí que era real... Tan real como el continuo «toque de queda» impuesto por las autoridades.

Sonreía al recordarla, recreándose en conocer cada centímetro de su cuerpo. Carnes magras y enjutas. Atributos femeninos generosos, perfectamente creados para él... Pies pequeños y hombros de finas curvas despeñándose hasta las caderas, donde siempre le esperaba su vientre. Su sonrisa... Su voz cálida y aterciopelada de locutora nocturna. Su profunda mirada... ¡Eso sí que eran ojos en los cuales chapotear el alma, a gusto! Su retrato sobre la mesa callaba con la misma sonrisa y mirada desafiante. Ni el artista más virtuoso hubiera tallado mejor «mascarón de proa». Seguía enamorado de ella desde aquel día en el cual intentó besarla sin mucho éxito. Un par de días después, aquellos labios fueron suyos y, algo más, el resto de ella gritándole ser la pieza que siempre faltó al puzle de su alma.

La pandemia cesaría y ella le recibiría con el espíritu abierto y capaz. Se trataba de esperar... ¡Siempre esperar! ¡Sufrir y esperar! Valía la pena hacerlo. El buen Dios la puso en su camino —¿...o fue al revés?—; pero debía luchar por ella contra un destino incierto. Negro, a veces; aunque, guiado a la cordada del amor, es casi imposible extraviarse, si se aferra con las intangibles manos del amor. Ese amor incondicional y no tan universal, en este caso. La añoraba ¡Mucho! La deseaba: más si cabe. La amaba: los confines del Universo parecerían «los alrededores» de necesitar medir su apego a ella.

La perra del vecino, le sacó de sus ensoñaciones. Ladra sin cesar cuando la sacan al jardín anocheciendo. Le hubiera gustado, se hiciera realidad aquella presentación de «Los Picapiedra», donde Pedro queda fuera y Dino —el perro-dinosaurio—, al interior.

Regresa la tanqueta como un alto aristócrata «repasando» amistades en silencio. Tim no ¿genuflexiona? Es un alma libre; de esos que escribe y calla. Ni el destino ni el final vital, le harán inclinarse y menos, un absurdo virus; aunque, por la única por quien lo haría sería ella. Siempre extiende bajo sus pies, la capa de su propio ego para evitarle los charcos de su pasado.

La luna amanece entre nubes. Klaus estará ya de camino, rumbo a su futuro elegido. Cada uno es dueño de su propio futuro... una distracción del destino. Sólo se debe aceptar: no siempre se trata del tenebrosamente imaginado; aunque hay que tenderle la misma capa citada bajo sus pies: Klaus encontrará el suyo; ella volverá y Tim... Tim nunca volverá a separarse de su amada: ella es su destino.

© Alfonso Cañizares Cimadevilla

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