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483 - Ese soy yo
(13/MAR/20)
Por Alfonso Cañizares Cimadevilla

«El lugar de los sueños»
Miguel Linares (1969- ) España
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Decían de él que andaba raro y sólo se trataba de un principio de uñero que, al calzar aquellos zapatos color corinto, le producía tal malestar como para desear ir descalzo; pero siempre era tarde cuando ya se había dado cuenta.Una vez en la calle, le daba pereza regresar y cambiárselos. Al principio, como en los sueños, todos los zapatos se deben acondicionar —«domar» reza la voz popular—por el pie de cada uno con el uso y horma de la propia extremidad. Así pues, aquel sueño de la pasada noche, aún se encontraba sin acondicionar, domar, procesar o como quiera expresarlo.

Se trataba de... Por cierto, un inciso: ¿Qué ha soñado usted esta noche...? ¿Y anteanoche...? ¡Lo ve! Si no lo recuerda, no es por no haber soñado, sino por haberse desprendido de manera inconsciente de un par de zapatos dañinos o, cuando menos, molestos o incómodos. Si lo recuerda, en mi opinión, calza usted el número apropiado y camina por la vida con un elegante y cómodo calzado, para acometer el día.

 

Humberto conocía bien esta cuestión y, por ello, pese a su ligera afección mal disimulada, también andaba... «raro de cabeza». Era tener la sensación de «no estar en cuerpo propio»... como haberse dejado una puerta abierta, estando «a caballo» entre el plano onírico y el real.

 

Se levantó y aseó convenientemente, como todas las mañanas,tras depositar un cariñoso beso en los labios de su mujer. Esta última parte era aquella la cual consideraba de verdadera ensoñación pues, con ese «beso de mariposa» —como él decía debido a su esmerada delicadeza y pasión— ocasionaba la lenta y perezosa apertura de las ventanas oculares de su amada para reflejarse en ellos. Una sonrisa le aseguraba oír gritar silenciosamente su nombre; aunque, ese día, no le parecía ella.

Sí: era ella; quien no estaba era él. Así, «cojeando» y tras desayunarse, tomó camino al salón donde un robusto sofá le aguardaba enterrado en libros.A continuación, se sumergió en sus desgastadas y acogedoras zapatillas de felpa, obviando aquel calzado corinto que tanto le gustaba.

Trabajaba como corrector final en una afamada editorial, teniendo por cometido, corregir legajos en segunda instancia. Esto es, tras las oportunas enmiendas ortográfica y tipográfica —las cuales recibía en sus manos— acometía lo que vulgarmente se llama «quality record», consistente en adecuar, si fuera preciso, el guión, trama, escenas y personajes, para evitar saltos de tiempo o lugar en el desarrollo plasmado por el escritor de turno.

A veces, las más, requería de alguna pincelada culta, por lo cual debía consultar decenas de ejemplares, como Atlas, memorandos, diccionarios de todo tipo y en varios idiomas, listados, guías de viajes, etc... Así, si un personaje se encontraba subiendo —por ejemplo— a un tren, no podría estar, a continuación, saludando —pongamos el caso— al frutero de la esquina de su casa. Los escritores, normalmente, seguimos ciegamente los imprevisibles dictados de la imaginación; pero todo ha de hilvanarse con cierto «orden y concierto».

Aquella «rara» mañana —como decía—no se encontraba realmente concentrado y se observaba a sí mismo como si de otra persona se tratara. Un desagradable y desconcertante «extra corpus» le hacía flotar entre líneas y páginas.

Harto de soportar ese estado, se levantó y salió a la calle, sin percatarse de sus zapatillas. La portera ni le saludó mientras barría con dedicada frunción la entrada al portal. En la calle encontró a su cuñado cariacontecido abrazando a su mujer... ¡¡¡A su propia mujer!!! ¡Terminaba de abandonarla arriba! ¡¡¡En casa!!! Vestía de luto riguroso, por lo que la sorpresa fue mayúscula y, en el momento de dirigirse a ella, cuatro empleados literalmente trajeados le atravesaron portando un ataúd sobre los hombros. ¡Eso sí resultó, cuando menos, desconcertante!

El nombre de Humberto lucía inscrito sobre la cinta morada de una corona de flores, instalada al lateral del coche fúnebre, allí aparcado también. Tragó saliva —o, por lo menos, eso creyó hacer— y comprendió. Entendió que, por fin, se hallaba «al otro lado» de esta vida. ¡Con razón se encontraba «raro»...!

En un golpe de tiempo, subió de inmediato al saloncito, para cerciorarse de no encontrarse corrigiendo sobre aquel vetusto sofá que tantos años le había acompañado. Su rincón de trabajo se hallaba vacío como lo dejara hace unos instantes; aunque la materia a tratar, siguiera incólume e inmóvil allí mismo. Aguardándole. Otro movimiento mental, le trasladó «ipso facto» al lujoso coche donde permanecía sentada la que fuera su compañera de vida, en espera del arranque de la luctuosa comitiva.

Lloraba sin lágrimas y en silencio tras las distantes opacas cortinas de sus pupilas que no entendían nada. No pudo por más, salvo abrazarla. Besarla una vez más en los labios como siempre hizo hasta entonces. Su callado llanto femenino cesó recogiéndose los hombros con sus propias manos. Sintió un amor tan grande y universal que le resultó inconmensurable. Ella levantó la cabeza buscándole. Sabía de su presencia, allí mismo, y le tranquilizó saberlo: nunca fue «invisible» para su mujer; aunque sintió su pena y congoja. Era capaz de leerle el pensamiento: «¡Maldito! ¡Mal nacido! Acordamos, me iría yo antes.... Pero te quiero y te deseo. Me ‘apeteces’, aún hoy... ¡¿Dónde estás?! ¡¿Dónde te has ido?!».

Desde entonces, no se ha separado ni un segundo de su lado y prosigue con su anterior tarea profesional, habiendo cambiado aburridos textos, por la apasionante vida de su... de su viuda. Por amor y por devoción. Porque la sigue queriendo tanto o más, si cabe. Porque no puede vivir sin ella, esté donde esté... ¡Porque la ama y amará profundamente por toda la eternidad!

Se sentía «raro» y descubrió la inmensidad, infinitud y universalidad de la palabra «AMOR». Un día cualquiera como el de hoy; aunque, para ambos, sean todos los días.

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