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Pandemia (y II)
(14/MAR/20)
Por Alfonso Cañizares Cimadevilla

«Farewell – Despedida»
Arthur Verey (1840-1915) Inglaterra

Todo sigue igual. El sol brilla limpio y rabioso, seguro, el mismo que ha propiciado el regreso de Klaus. Le he oído pulular por la casa; aunque, conociéndole, habrá ido a desbrozar más terreno en la parcela; allí tiene —se me antoja— una tarea faraónica y un reducto solitario consigo mismo.

 

Todo el mundo debería apreciar la oportunidad que el presente y el destino, nos proporciona. Obligados momentos para pensar, leer y recapacitar. Sobre todo, reflexionar sobre «esto y aquello» y, lo demás, ya vendrá. Estar en «primera línea» obliga, bayoneta calada en mano, a continuar con la tropa al son de los tambores; esperar al enemigo hasta tenerle literalmente delante y clavarle nuestro valor hasta las entrañas del miedo. El campo de batalla huele a pánico; aunque no faltan despreocupados desertores ajenos a la vorágine. Repito y, si no lo he dicho antes: tranquilidad... cabeza fría y sobre todo, no «hacerse carne de cañón» con programas televisivos y radiados. Es fundamental mantener la mente fría, mientras se eliminan, uno por uno, los enemigos del pavor y conclusiones peregrinas... 

 

Tim ha regresado al amor de su teclado como si se tratara de un acogedor fuego de hogar. La chimenea de su ordenador brilla y da calor. Un calor para compartir en la intimidad de un todo inmenso como son las comunicaciones.

 

Afuera, la tanqueta policial hilvana su ronda de verja en verja. He podido ver, agazapado en la ventana de la claraboya, al «valiente» que la comanda. Con medio cuerpo fuera de la escotilla, luce una vestimenta muy parecida a la de un apicultor; pero estanca. Su nívea blancura delata un arma temblorosa asida entre los brazos. Y digo «valiente» porque su arma nada puede hacer contra su mayor enemigo. Son los médicos y personal sanitario, aquellos quienes, de verdad, en medio del estrés, luchan a brazo partido contra un virus agresivo.

 

La perra del vecino vuelve a ladrar. Lo hace cada vez que pasa la tanqueta, mientras su dueño ocupa el fabuloso tiempo primaveral con taladros y amoladoras. Nada me extrañaría si no estuviera fabricándose un bunker para él y su familia... ¡¿Y los niños?! Sí, ya he oído una risa inocente y cantarina entre ladridos. Me tranquiliza su supervivencia. Es el bálsamo necesario, porque ellos sí que son el futuro... nuestro futuro.

Viene a mi mente —desconozco por qué— un antiquísimo compañero de COU. En aquel entonces, ya trabajábamos y lo cursábamos en horario nocturno. Taciturno, callado y reservado como un jugador de póquer, su mirada llegaba desde el cenote de sus pensamientos. Por demás, era consumado ajedrecista profesional. Nunca me gustó; pero ¿a quién le importan mis gustos?; aunque me intranquilizaba sobradamente. ¿Qué habrá sido de él? ¿Podría ser el desesperado conductor abatido ayer...? ¿Una mala jugada de enroque...? Si se trataba de él ¿recibió un «jaque mate» fulminante o ejecutaba su última estrategia enrocándose en «el otro plano»...?

Tim nada entre sus propios pensamientos. Escribe y calla, como siempre; aunque ejercita su innata libertad —de las pocas no restringibles— a la reflexión, provocándola en alguna medida en los demás.

El silencio se adueña del entorno cuando llega la hora de la comida, dando paso al trinar de los pájaros. Momento en el cual, ella, su amada, se hace más presente. Es una imagen perenne. Aquella que me obliga a resistir el cautiverio, como si ella fuera la sobreviviente avecilla del romance anónimo «El prisionero»:

 

Que por mayo era, por mayo,

cuando hace la calor,

cuando los trigos encañan

y están los campos en flor,

cuando canta la calandria

y responde el ruiseñor,

cuando los enamorados

van a servir al amor;

sino yo, triste, cuitado,

que vivo en esta prisión;

que ni sé cuándo es de día

ni cuándo las noches son,

sino por una avecilla

que me cantaba el albor.

 

Matómela un ballestero;

dele Dios mal galardón.

 

Tim se levanta y mira el cielo a través de la claraboya. Es el mismo cielo para todos... La misma luz y el mismo calor, su gratuidad lo asegura; el asunto se centra sobre el uso que se haga de él. ¡Esa es la cuestión! Mesura y «cabeza fría». Fácil es citar la templanza en medio de una silenciosa tormenta; pero no imposible de sostener. Requiere esfuerzo, como todo en esta vida.

Sus dedos bailan sobre el teclado una danza enviada al viento informático. También se debe tener cuidado con éste, dependiendo de la dirección en la cual role la brisa.

Silencio. Sólo se escucha silencio... pero cada cual tenemos una avecilla que trina cerca del alma. Tim, aguza el oído del corazón en espera de la llegada de la tarde.

                                                                                                           (Continuará...)

© Alfonso Cañizares Cimadevilla

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